¿Hasta cuándo?

Semillas del Verbo 26. Cuando compramos algo que nos gusta, ¿no pensamos “hasta cuándo me durará“? Investigando en Google vi que la vida útil de un móvil o portátil es de dos a cuatro años; de un coche, trece o catorce y mucho menos si son otros electrodomésticos. Antiguamente se construía todo para que durara. Nuestra antigua lavadora tuvo cuarenta años de vida. Pensaréis que es algo insólito. Sin embargo, yo me preguntaba por qué ahora muchas de las cosas que usamos mueren sin explicación, es imposible desmontarlas o incluso encontrar piezas para repararlas…

Hace poco leí un artículo que me ayudó a entenderlo. Se titulaba: “Diseñados para morir. La obsolescencia programada”. Hablaba de cómo las marcas intencionadamente fabrican sus productos para que dejen de servirnos en un tiempo determinado. En países como Francia, esto es un delito y con razón … ¡Vaya una estrategia fríamente calculada para obligarnos a comprar algo nuevo!

Obsolescencia significa algo que queda desfasado y se cambia por otro mejor. Yo diría que hoy día vivimos en esta cultura de la obsolescencia donde nada dura. No sólo objetos como muebles, electrodomésticos, dispositivos, sino también en el campo laboral o de las relaciones humanas. Seguro que conocemos gente que cambia frecuentemente de pareja, de trabajo, de casa… No podemos juzgar el porqué de esos cambios. Sin duda hay muchas explicaciones. De todas formas, el “hasta que la muerte nos separe”, el “para siempre” o “nunca”, son cada vez más difíciles de decir.

Hace ya dos décadas que el sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de esto en su libro, “Amor líquido: sobre la fragilidad de los vínculos humanos”. Explica que donde antes las relaciones eran duraderas ahora son desechables. Un individuo -según él- se relaciona con otro y luego lo desecha para relacionarse con otro y así sucesivamente. Esto me recordó lo que el Papa Francisco ha estado repitiendo últimamente: que esta “cultura del desecho” sólo puede cambiarse con la “cultura del cuidado”. 

Me ayudaba leer que en la cultura del cuidado aprendemos a hacernos cargo de nosotros mismos, de los demás, de la sociedad, de la creación. Es el mejor antídoto -decía Francisco- contra el individualismo, la soledad y la tristeza. Es valorar y cuidar del otro por quién es, por lo que es, y no cambiarlo por otro si no me satisface…

Qué bonito que en esta cultura del cuidado todos seamos aprendices y necesarios. En ella podemos ayudarnos a crecer juntos sin dejar a nadie en la cuneta. Yo quiero intentar vivirlo y no sólo a ratos sino, como dice Sta.Teresa de Jesús, “hasta siempre, siempre, siempre”.

¿Y tú?

Rosario Garrido SEMD

Si te perdiste la anterior AQUI

ula doniecka¿Hasta cuándo?