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Testimonio de Rita

El 17 de junio, nosotros, la comunidad de Polonia, tuvimos una misión  en la parroquia de San Jorge, en Sopot. Esta misión la preparamos las personas que hemos estado durante este curso 2017-2018 en el Taller misionero.

 

Durante este año nos hemos reunido periódicamente, hemos orado, hemos compartido, hemos preparado testimonios… todo con el fin de aprender a llevar el Evangelio a los demás, es decir, acercarles a Dios y mostrarles su rostro de Misericordia. No éramos muchos los que preparamos esta misión, pero todos y cada uno teníamos la certeza de que nos mueve el amor a Dios y Él mismo es quien nos sostiene con su fuerza.

 

La misión consistió en dar nuestro testimonio durante las misas del domingo. Cada persona, o dos, en cada una de las misas. Hubo 7 misas. Compartimos ocho personas. Para mí, el fruto de este día fue experimentar la alegría de compartir nuestra vida y ver que toda la preparación de este año no ha sido en vano: soy una persona que puede evangelizar.

 

En todos nosotros había ilusión por compartir lo que preparamos pero, a la vez, por esa misma razón, los nervios y el stres fueron considerables. Por ejemplo, a mí me aterrorizaba pensar que tenía que hablar delante de muchas personas y además en un idioma que no es el mío.

 

Le pedí a Dios no sólo que me ayudara a prepararme, sino que estuviera conmigo. Siempre he tenido el deseo compartir con los demás el rostro de Dios que he conocido personalmente y ahora tenía la oportunidad a mi alcance. Por una sola persona a la que mi testimonio le sirva para pensar en Dios de modo distinto,  habrá merecido la pena. Después de esta  oración sentí que se me quitó un peso de encima. Me dije a mi misma:  sea lo que sea, lo intentaré y lo dejaré en sus manos.

 

Y así fue. Cuando empezó la Misa, inconscientemente me vino a la mente, del libro de “La Cabaña”, Sarayu- la persona que en la novela representa al Espíritu Santo - y  oré para que estuvieran conmigo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Puedo decir que estaban ahí, sosteniendo mi corazón, que latía bastante rápido.

 

¡La gente escuchaba! Valoraron mucho el hecho de que quisiéramos compartir nuestra experiencia de Dios. Nuestro párroco estaba contento al ver todo el trabajo realizado y el amor sincero a Dios puesto al servicio de todos.

Cuando terminó la Misa me sentí aliviada, pero sobre todo, me sentí feliz. Una gran felicidad me invadió, como si hubiera realizado un gran y buen trabajo. Antes de volver a casa pasé por nuestra capilla para dar gracias a Dios y allí mismo intuí a Jesús contento con nosotros y agradecido.

¿No es algo muy grande que Dios mismo, el Todopoderoso, nos dé las gracias? Tengo la certeza y la experiencia de que Él es quien se queda conmigo cuando todos se van, incluso cuando mi familia no está. Con Él puedo hablar cara a cara. Evangelizar es, para mí, el mayor amor que puedo dar a los demás y  el gesto de amor a Él que más agradece.

 

Rita