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Nuestra espiritualidad

 Un espíritu de familia y de alegría nos caracteriza

 

 La Comunidad es una única  familia que vive la riqueza del don recibido del Espíritu en diferentes vocaciones, formas de vida y culturas[1].  Desde esta variedad en la que Dios nos llama a vivir, queremos ayudarnos a hacer su voluntad; nos descubrimos todos igualmente llamados a la santidad, siguiendo a Cristo y anunciando el Evangelio, comprometiéndonos mutuamente a realizar esta llamada según nuestra propia vocación[2].

 

Nos dedicamos al anuncio del Evangelio

 

 La buena noticia del Amor gratuito de Dios que hemos conocido en Jesús, que vino para que todos tengamos Vida, nos mueve a querer anunciarlo. Ante la realidad del mundo actual, nos sentimos impulsados a este anuncio sostenidos por la certeza de que no hay experiencia que viva el hombre de hoy para la que su Amor no tenga respuesta. La muerte y la resurrección de Jesús es, para nosotros, la fuente de Vida,  alegría y reconciliación que queremos compartir con todos. Creemos en la incidencia que el anuncio del Evangelio tiene para transformar este mundo reconstruyendo al hombre desde dentro.

 

   Formando comunidades de hermanos

 

   Escuchando los signos de los tiempos que nos hablan de un anhelo profundo del hombre de vivir en clima de familia, queremos responder formando comunidades de hermanos que vivan el Evangelio. Es el Amor nuevo de Jesús derramado en nuestros corazones el que nos hace capaces de amarnos así. Conscientes de que Él nos ha unido vitalmente en su Cuerpo y haciendo nuestro su sueño de que todos seamos uno, queremos de este modo hacer presente su Reino con sencillez y alegría de corazón.

 

   Desde el encuentro personal y diario con Cristo

 

   Sólo desde el asombro de sentirnos muy amados personalmente por Cristo, podemos, desde nuestra pequeñez, responder a esta llamada que nos hace. Deseamos que toda nuestra vida misionera tenga sabor a encuentro de amor con Cristo. Para ello, necesitamos vivir a la escucha de su voz en su Palabra, en los acontecimientos de la vida y en el encuentro con los hermanos. Cada día nos acercamos a la Palabra de Dios desde nuestras inquietudes existenciales y las de nuestros hermanos, leyéndolas a la luz del Misterio Pascual de Cristo, hasta encontrar sentido, desde la fe, a las circunstancias de la vida. La oración se hace así un camino vital y apasionante porque implica toda nuestra vida en ese proceso de identificarnos con Cristo, haciendo nuestros sus mismos sentimientos[3].

 

   Intentamos transmitir la misericordia de Dios a todo hombre

 

   El corazón conmovido y compasivo del Padre se revela en Jesús que sale al encuentro de cada hombre y lo abraza en su miseria. En la Cruz Jesús asume nuestras heridas para darnos la posibilidad de nacer de nuevo. Es en nuestra fragilidad, límite y pecado, que tanto nos cuesta aceptar, donde Dios especialmente se vuelca y nos invita a hacer experiencia de su misericordia. Este amor desmesurado e inmerecido que ha tocado nuestra vida nos impulsa a encarnar, anunciar y hacer asequible esta experiencia a cada hermano.

 

   Viviendo al servicio de la Iglesia como fermento de comunión

 

   Dios nos confía vivir nuestra misión como un humilde servicio en el seno de la Iglesia. Nos sentimos especialmente llamados a ser fermento de relaciones de comunión, junto con los otros dones y carismas presentes en la Iglesia[4]. Queremos ser, como Jesús nos ha mostrado con su vida, servidores a los pies de los hermanos. El lavatorio de los pies es un gesto que nos enseña a construir la comunión, descubriendo que, para crearla, no hay otro camino que la humildad y la misericordia mutua[5].

 

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[1] Cf. Juan Pablo II, Exh. Apost. Christifideles laici, 20-24. 

[2] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, cap. V.

[3] Cf. Flp 2,5ss y Col 3,12ss.        

[4] “Hacer de la Iglesia  la casa y  la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”, Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 43.          

[5] Cf. Jn 13, 1-17.

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