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Misión en Filipinas, Diciembre 2016.

La primera impresión es lo que cuenta. 

   Hace apenas una semana que he aterrizado en Filipinas y son muchos los impactos; es muy fuerte el contraste con el país del que vengo y en el que he vivido más de 30 años, España. Te encuentras otra realidad, completamente diferente, otra cultura y descubres “esto es otro mundo”. Para que os hagáis una idea cuando hablo de diferencias eso empieza por los medios de transporte, la comida y el clima.

 

   Una de las cosas que más me contrasta de primeras es la pobreza que hay y sin embargo la alegría de los niños. En la calle, puedo ver a los niños que con cualquier cosa se hacen unos juguetes. Por ejemplo, ahora estamos haciendo con ellos los instrumentos de Navidad y todo el material que tenemos son cosas de reciclaje (chapas de las botellas, tubos de papel higiénico, etc). Nuestra comunidad vive en Malasiqui, en la diócesis de Languyen-Dagupan, al norte de Manila (unas cinco horas al norte) y trabajamos pastoralmente en los barrios a las fueras. Son barrios enormes, muy pobres, Los niños los jóvenes, cuando pasamos se te quedan mirando, cuando nos sentamos juntos en la capilla tienen sed de escucharnos, valoran mucho nuestra vida misionera y agradecen que estemos aquí, les parece increíble que lo hayamos dejado todo atrás para venir aquí a compartir nuestra vida con ella y todo lo que estamos haciendo.

 

   Otra cosa que desde los primeros días me impresiona es el valor que le dan a la vida consagrada. Cuando vamos por la calle la gente te pide la bendición. Es un gesto sencillo que se hace cogiéndonos la mano y acercándosela a la frente. Sobre todo, esto lo hacen los niños, que en seguida que te ven pasar se te acercan corriendo: “Sister, sister, bless me”.

 

   Estos días fuimos a una procesión por motivo del día de Cristo Rey (“Christ the King”) y se celebraban los 300 años de evangelización de una ciudad cercana, San Fabián. En esa celebración puede sentir la fe de este país. ¡Qué paciencia tan grande tienen! La ceremonia duró bastantes horas y ninguno se fue en la mitad, todos se quedaron hasta el final. Yo pensaba que, si esta celebración hubiera tenido lugar en España, la mitad de la gente ya se habría ido, por eso me marcó que todos se quedaron de buena gana hasta el final.

 

   Hace poco tuvimos un encuentro de religiosos de la diócesis, nuestro párroco y la gente del barrio se volcaron en preparar ese momento. Los religiosos que vinieron tenían una alegría muy grande y mucha gratitud y te contagiaban con su mirada la alegría de su vocación. Ese día pensé: “como misioneros no sólo venimos a dar, tenemos tanto que aprender y recibir de este pueblo”.

 

   Hemos tenido un encuentro con el Obispo de nuestra diócesis Mons. Socrates, charlamos con él, comimos con él y pudimos compartir mucho con él. Él es muy sencillo y cercano, nos transmitía la preocupación de que los misioneros nos encontremos bien y de que nos cuidemos. Un detalle precioso fue que a Manoli y a mí, que somos recién llegadas nos preguntó por nuestras familias. En este detalle se notaba que se da cuenta de lo que para ellos debe suponer nuestra entrega y que agradecía la ofrenda de nuestra vida para su Iglesia. Fue muy familiar, sacamos las fotos que teníamos de nuestras familias y se las estuvimos enseñando, fue realmente un momento muy tierno.

 

  Algo que siento también por dentro estos primeros momentos es la impotencia de no poder comunicarme plenamente como quisiera. No entiendo el Tagalog y mi inglés es un poco pobre así que Dios me ha hecho entender que el Amor lo supera todo y que mi sonrisa es lo que les llega a todos estos hermanos. Para que no me queda duda, todas las personas que me voy encontrando me agradecen todo el rato que haya decidido venir a vivir aquí con ellos como misionera.

 

Toñi Martinez.

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