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Jóvenes que experimentan la alegría de darse

 

La comunidad de Perú hace balance del 2017 en el grupo de jóvenes misioneros. Dos jóvenes nos comparten su experiencia. A Sol le conmovió ir a un albergue de ancianos y sintió la alegría de poder ayudarles, cosa que cambió su forma de ver la vida. Claudia se sintió más impactada frente a los enfermos de cáncer y de ellos aprendió que las adversidades es mejor afrontarlas con una sonrisa y luchar sin darse por vencido.

 

 

Misión Perú Misión Perú  

 

 

 

Me gustó ayudar desde pequeña a las personas, compartir y ser solidaria con la gente y cuando mi amiga me invitó a unirme a las misiones con las hermanas acepté.  Tengo la suerte, sí, soy muy afortunada de realizar estas misiones. Ha sido una experiencia única y de sentimientos encontrados Creo que Dios supo que me gusta esto y fui la elegida. 

 

La experiencia más conmovedora que tuve fue ir al albergue de personas. La primera vez que fui me sentí muy triste al ver a los niños sin poder moverse e postrados en sus camas y los cuartos tan oscuros y estrechos,  a los ancianos verlos solos sentados sin compañía, algunos sin poder comer… Ayudarlos fue una alegría inmensa, cuando finalizaba cada misión que realizamos me sentía satisfecha porque me sentía bien de haber poderlos ayudar y el resto del día me sentía feliz, me sentía bien conmigo misma y nunca había sentido eso. Le doy gracias a Dios por ponerme a las hermanas en mi camino. 

 

Todo ello me hizo reflexionar bastante y esto me hace cambiar la calidad de vida, a reconocer que pedimos a veces cosas innecesarias.  Después de ver realidades tan duras esto me hace cambiar todo y me dan más ganas de vivir y sentirme bendecida y afortunada por la vida que llevo. Espero poder seguir con estas misiones ya que me ayuda mucho como persona.

 

Sol Callampe

 

 

Nací y crecí en una familia muy devota y que desde pequeña me inculcaron valores y sobre todo ganas de ayudar a los demás. Aprendí que así tengas poco, eso que es poco para ti puede ser mucho para una persona. Ya antes había pertenecido a otros grupos que después se  disolvieron.

 

Pero un día entraron dos hermanas a mi colegio, con mucho ánimo y esperanza de encontrar voluntarios para ayudar a los demás. A varios compañeros de mi salón nos interesó y decidimos ir. La primera experiencia que tuve en ese grupo fue ir a un albergue de niños y ancianos donde pude ver la cruda realidad en la que vivimos pero que no vemos. Poco a poco fuimos haciendo muchas misiones.  Hicimos teatro, nos convertimos en artistas para hacer máscaras a niños o animadores para un show navideño.

 

La experiencia que más me conmovió fue cuando acudimos a un albergue de personas con cáncer. Me di cuenta de que lo que yo creía que eran problemas para ellos no es nada y sin embargo, siguen luchando día a día. Me afectó  porque tres de mis tías habían fallecido por esta enfermedad y sé que no sólo es dolorosa para el que la padece, sino para los seres que lo rodean también. Me encantó poder sacar más de una sonrisa a esos niños y adultos, hacerlos sentir que no están solos y que somos jóvenes de hoy que tratamos de ayudar ofreciendo lo poco que tenemos.

 

Recuerdo nombres de algunas personas de las misiones, como Esperanza una niña a la que sus padres la abandonaron por tener deficiencias en su cuerpo pero que eso no le impide ofrecer una sonrisa cada vez que la visitamos y a quien le gusta que le lean cuentos. A María,  una niña que se encontraba en silla de ruedas pero que le gusta leer y arreglar su cabello. A Angeli,  una pequeña de cuatro años que tiene cáncer pero le gusta jugar en el sube y baja. Muchos de estos niños me enseñaron que ante las adversidades, es mejor afrontarlas con una sonrisa y luchar sin darse por vencido.

 

Este año ha sido una gran experiencia y agradezco mucho a las hermanas Patricia y Mari Carmen por haberse en presentado en mi salón y brindarme una manera de ayudar al menos un poco a estas personas.

 

 

Claudia