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Con los refugiados, una vez más

   Mariola, de Valencia, nos comparte su experiencia de este fin de semana en el centro de refugiados de Sigüenza, del 12 octubre – 16 octubre.


   Me llamo Mariola, tengo 19 años y soy de Valencia. Estuve en el centro de acogida a refugiados de Sigüenza del 12 de octubre al 16 de octubre de 2017, cuatro días que han dejado en mí una huella imborrable. 


   En el momento que me propusieron esta experiencia tuve muchas dudas. Más que dudas, tuve miedo. Vivo día a día en una burbuja que, yo misma y, con ayuda de esta sociedad en la que vivo, he construido. Una burbuja llena de egoísmo y superficialidad en la que me encontraba muy cómoda. Tenía miedo de salir de ahí, de ver que la vida que vivo es una vida afortunada que sólo un pequeño porcentaje de la población mundial parece tener derecho a vivir. A esto, yo le sumaba una gran fachada personal con la que rechazaba cualquier problema tanto propio como ajeno.

 

   Una especie de “miedo al problema”, “miedo a no vivir en una vida llena de luz y color de rosa”. Sentía que no era capaz de ayudar a nadie, que cada vez que alguien me contaba algo que le afectaba, yo solo lo sufría sin dar solución alguna. 


   Esta experiencia me ha hecho ver que lo importante no es conseguir una solución a todos y cada uno de los problemas que tiene este mundo, que sólo el ser conscientes de que existen y el escuchar y dar apoyo al que los que están sufriendo sirve para mucho. Que mi granito de arena, sí es pequeño comparado con la gran montaña que se necesita para solucionarlo pero que eso no significa que ¨ese granito¨ sea insignificante, más bien todo lo contrario, ES MUY NECESARIO.

 
   Pero no solo se ha quedado en una aportación, sino que he recibido incluso más de lo que he dado. Cada una de las personas que he conocido en esos días me han ayudado a quitarme esas barreras y a salir de la ignorancia que, para mí, es el mayor problema que tiene este mundo.

 

   Me han ayudado a ver que vivo en una vida “irreal” y que fuera de esta burbuja hay gente que me necesita y que, incluso dando lo máximo de mí, me beneficia. Laura, una de mis compañeras en este voluntariado, dijo que esta experiencia deberían vivirla todos. No puedo estar más de acuerdo con ella. Sin duda es una experiencia que te hace crecer como persona. A nadie deja indiferente. Todos necesitamos erradicar la ignorancia que nos impide ver más allá de nuestro ombligo. No vale eso de: “ojos que no ven corazón que no siente”. 

 

   El sentimiento de frustración y rabia de ver un mundo cada vez más inhumano se ha mezclado con una felicidad inmensa al verlos reír y disfrutar. Ese es el punto de inflexión, el momento en el que te das cuenta de que está en tus manos cambiar este mundo. 


   Escuchar ese “gracias” de sus bocas cuando me despedía es la fuerza que necesitaba para seguir adelante en este camino. De no parar, en la medida que me sea posible, de hacer cosas para que este mundo cambie a mejor. Yo también tengo que agradecerles mucho a ellos, muchísimo.

 

Mariola (Valencia)

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