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¡Tengo muchas ganas de cambiar este mundo!

   

 

   El pasado viernes 12 octubre visité el Centro de Acogida a Refugiados de Sigüenza (Guadalajara, España), pasé ahí el puente como voluntaria ayudando a personas que buscan asilo en nuestro país, porque viven situaciones de guerras en sus respectivos países: Yemen, Ucrania, Senegal, Venezuela, México, Palestina, Guinea Conakry, Malí, Venezuela y, muchísimas otras partes del mundo que ni nos imaginamos.


Fuerza, esperanza y vocación, son las tres palabras que más se han repetido durante este puente en mi cabeza.

 

   Fuerza, por la capacidad de las personas que buscan un hogar en paz, que desean una mejor vida; una vida que esté a su altura. Antes de hacer este voluntariado, había hecho muchos otros, pero quizás este haya sido el que más me ha abierto los ojos. Ver que en tantas partes del mundo hay guerra, y vivir tan bien como vivimos me hace replantearme seriamente el modo de vida que llevamos, el mirar hacia otro lado sin tener en cuenta lo que viven otros seres humanos. Sé que es fácil mirar a otro lado, ser esclava de la pereza y de la comodidad. Pero, nada es tan fácil como parece. Cuando te ves en una situación de buscar refugio fuera de tus fronteras como la que viven tantos niños, con su familia o sin ella, tantas madres y tantos jóvenes; cuando le pones cara, nombre y apellidos a esas personas la cosa cambia. No me ha dejado indiferente. Conocer a esas personas ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Y todos debemos de concienciarnos de la importancia de ayudarles. No están tan lejos de nosotros, no nos tenemos que ir a Yemen o a Senegal, están más cerca de lo que nos pensamos. 


   La esperanza que veía en sus ojos me recordaba todo el rato a una parte de una canción que me encanta que dice algo así como “el mapa se hace pequeño, mi alma pide más”. Para mí significa que ellos van más allá, no se pueden quedar en un país que está en guerra. Un padre de 25 años tenía tres hijos y me contó que podía escuchar los bombardeos de una ciudad que estaba a 15 km de su casa, está claro que esta situación es asfixiante. Y, por ello, buscan algo mejor: seguridad, bienestar, salud… 


   Y vocación por la capacidad de servicio que tenemos los voluntarios, en especial las misioneras. Piedad nos preguntó cómo veíamos la figura de un misionero, y la respuesta en mi cabeza era clara: un voluntario consagrado. Y creo que no me equivocaba. 


   Yo tengo 19 años y muchas ganas de cambiar este mundo, debemos cambiar el mundo, nadie se merece la situación que viven las personas del centro de acogida a refugiados, nadie. 
 

Bea Moussa.